Volviendo a sonreír.
En una aldea muy lejana vivía un
ser que quizás ya estaba muerto, marchitado en su mundo de oscuridad y dolor, probablemente
por ausencia de amor tomó el odio como su arma y símbolo ante la cruda
sociedad, siendo prisionero de aquel feo sentimiento que lo iba hiriendo y
convirtiendo en un joven ermitaño.
Caminaba todas las noches por el poblado meditando y pensando en su
forma de existir; la gente le temía por su aspecto juzgándolo sin conocer su
historia y porque solo salía de su casa en el crepúsculo.
Una mañana soleada decidió salir
de su morada a pasear por el río donde él solía jugar cuando era niño, al
llegar al río miró a lo lejos un niño
inocente, pero no solo observó al infante sino que además contempló pureza, inocencia, libertad y
felicidad cosas que ya había olvidado y perdido. Se acercó simultáneamente y el churumbel no
huyó como todos, se sorprendió porque le sonrió, se hicieron amigos y jugaron toda la tarde. Entonces se dió cuenta que estaba perdiendo
tiempo y momentos que la vida nos brinda.
Desde aquel día comenzó a vivir aprendiendo y construyendo su felicidad dejando
atrás su pasado.
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